Cuando se publicó en todo el mundo a finales de aquel verano, coincidiendo con “Somewhere in Time” y el “Fatal Portrait” de King Diamond, unos meses después de “Turbo”, Motörhead habían actuado en Castle Donington junto a los Warlock de Doro, Def Leppard, Scorpions y Ozzy, que presentaba su “Ultimate Sin”. Una buena forma para los ingleses de volver a meterse en el negocio, tras un periodo complicado, tras un intervalo de tres años sin entregar material nuevo –exceptuaremos aquí las cuatro joyas inéditas que registraron para “No Remorse” en el 84-, tras numerosos problemas contractuales, tras la pérdida consecutiva de dos personalidades tan fuertes como Brian Robertson y Eddie Clarke, tras el desconcierto que “Another Perfect Day” ocasionó en parte de los viejos fans.
Entre 1983 y 1986 la escena había cambiado. Desde que Lemmy fundara Motörhead, su Heavy Metal corrosivo, infectado de Punk, Blues y Rock and Roll había inspirado, circulado en paralelo, adelantado incluso, a la NWOBHM. Sus canciones habían motivado a docenas de chavales con tanto acné como deseos de rebeldía a tomar un instrumento y montar una banda, los reyes de la escena le admiraban, y músicos más underground como Wendy O´ Williams o las Girlschool avanzaron gracias a su tutela. Siempre con el viento en contra, el creador de “Ace of Spades” había conseguido reorganizar su banda tras las salidas de los dos guitarristas mencionados y del batería Philthy “Animal” Taylor. Por vez primera contaba con dos hachas, el galés Phil Campbell y el británico Wurzel, seleccionados ambos en una misma audición que se realizó tan solo a ocho candidatos. Lemmy no estaba para tonterías, no se iba a poner a escuchar un millón de cintas, y de manera consciente escogió a dos músicos desconocidos que eran fans de la leyenda británica.
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